Por: Alicia Ballesteros Reyes.
Hola queridos lectores!!!Es nuevamente un placer saludarlos desde esta columna. Y como lo prometido es deuda, hoy continuaremos hablando del apasionante mundo de la psicología criminal. Y empezaré por narrarles uno de los casos más sangrientos que me ha tocado analizar en mi peregrinar por las cárceles y reclusorios del estado de Oaxaca. Se trata de un varón de cuarenta y pocos años, alto, delgado y desaliñado, que se encontraba en prisión por el delito de homicidio, si no recuerdo mal, en la cárcel de Jamiltepec, de esto ya hace casi 20 años, por lo que algunos detalles no son ya tan nítidos, pero lo que sí recuerdo perfectamente es su semblante, tranquilo, sereno, su actitud amable y colaborativa, y la tranquilidad con la que mientras me relataba su historia introducía un pequeño barco de madera e hilo dentro de un foco, labor por demás meticulosa.

Pues este meticuloso hombre de mediana edad, me contó con toda tranquilidad, como un día, después de trabajar en el campo, se fue a beber mezcal con sus compañeros de trabajo, y él asegura que llevaba un billete, creo recordar de 20 pesos, pero que se dio cuenta de que mientras bebían, uno de sus compañeros le tomó su billete, pero él no le dijo nada, sino que se esperó hasta que fueron a pagar al dueño del lugardonde se encontraban, y cuando les dicen el total a pagar, mi entrevistado le dice a su compañero, “paga” a lo que el compañero contesta que no tenía dinero y entonces ahí el sujeto “se encorajinó” palabras textuales obviamente del narrador, y por tal motivo sacó su cuchillo y le propinó 42 puñaladas por todo el cuerpo y me dice:
“…es que doctorcita, aún con las 42 puñaladas seguía yo encorajinado, y pos entonces que le abro la panza y que le saco todas las tripas, pero seguía yo encorajinado y entonces pos que le corto los huevos y que se los meto en la boca, y aún seguía yo encorajinado, pero pos ya que más le podía hacer…” dicho esto quedé yo muda obviamente, ya que era uno de mis primeros casos y no sabía realmente qué hacer o qué decir, con lo cual solo me salió un “ah” y entonces con toda su calma termina de meter el barquito en el foco y me dice, “tome, esto es para usted”.

Ese foco sujeto sobre un trozo de madera forrado de tela anaranjada, fue a parar directamente a mi escritorio de la Procuraduría, y junto a él muchos otros regalitos que me dieron los reclusos que entrevisté. Y gracias a ellos y a relatos como éste, es que me apasioné por la psicología criminal, queriendo conocer cómo es que una persona puede llegar a cometer un delito, cuáles son todas las variables que intervienen o qué relación hay entre la enfermedad mental y la delincuencia.

Así pues, la psicología criminal, jurídica, forense, legal o criminológica, como es también conocida, es la que trata de la actuación del psicólogo en los distintos procesos legales, trabajamos haciendo peritajes psicológicos para valorar la salud mental de un sujeto involucrado en un proceso penal por ejemplo, o en los casos de derecho familiar valorando la idoneidad de los padres para la guardia y custodia de los hijos, o la capacidad de un testador o un enfermo mental para celebrar un contrato. También actuamos en los casos de abuso y violencia sexual tanto en adultos como en menores, así como en la violencia familiar. Es decir, somos una herramienta más del poder judicial para el mejor desempeño de la impartición de justicia, por lo que trabajamos codo con codo con abogados, jueces, psiquiatras y criminólogos, entre otros profesionales, de forma multidisciplinar y con el mismo objetivo de prevenir y tratar la delincuencia.
Alicia Ballesteros
Maestra y Doctora en Psicología clínica, legal y forense por la Universidad Complutense de Madrid.
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